1a. quincena Diciembre 2011
Anécdota sobre un niño en la comunidad.
Un cuento prenavideño.
Paseando en Chacao, atraído por la propuesta de la Ruta
Gastronómica, fui a dar a un modesto restaurant, donde me sorprendió un pequeño
que no llega a los tres años con un cúmulo de toques de desparpajo y afecto.
Libaba con gente querida y con mi hijo de doce años, cuando
se me presentó una criatura con huevito sancochado entre sus manos con gestos
de requerir ayuda para continuar golpeando la cascara de su trofeo. Sin mediar
palabras y al ver mi actitud de disponibilidad, trepó a mis piernas y aceptó la
idea de colocar la pieza en un plato e iniciar un exitoso descascaramiento. La
juerga recién comenzaba con una nueva oferta de mi parte, la de incluir la sal
como aderezo. Súbitamente, tras comentarle lo de carita de sueño que apreciaba,
tras culminar la engullida, me hizo un
mohino y se mudó de regazo: la fémina mullida de enfrente fue una certera
escogencia de bienestar por si acaso realmente llegaba el sueño. Mi hijo soltó
su necesario gesto de rodearme con su brazo. Ahora la presa era su madre. Seguía
con admiración el acontecimiento.
El parpadeo que auguraba un final predecible tuvo un primer
momento encantador. Surgió un ser de su historia personal: un tío, el niño
saltó y supo asirse cerrando un continente de brazos y piernas hasta donde le
fue posible. Volvió al regazo femenino y nuevamente nos sorprende cuando divisa
a Emilio Graterón y grita: el alcalde (menos de 3 años, dije) y repitió el
gesto de trepar en busca de un continente afectivo conocido. Recorrieron ambos su ritual afectivo.
En el interín fueron apareciendo otro tío, su madre, supimos
también de la presencia del abuelo. Luego vendrían algunos músicos y su baile
no se hizo esperar.Otra incursión lo
llevó hasta una batería, mas no fue fácil que soltara las baquetas, sólo con la
oferta de continuar la fiesta en la próxima esquina, lo cual obviamente no se
dio.
El forcejeo por nuestra copa fue una negociación posible y
cuidada. Una vez obtenida, buscó otro líquido que él deseaba.
El niño de la historia que se extravió en el templo, mostraba
de seguro ese talante y los adultos que le acompañaban sabrían de seguro la
bondad de abrirle esas ventanas a la vida.
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